Por: Carmen Cecilia Quintero Lozano
Subdirectora de Educación y Cultura, Comfenalco Santander
“A la precocidad de mi inteligencia le debo haber comprendido desde temprana edad que con los dientes amarillos, torcidos o picados no se llega a ninguna parte, y que en cambio una sonrisa perfecta como la de los niños Londoño, y como la que yo mismo conseguí más tarde, era tan útil o más que una carrera universitaria”. Laura Restrepo Casabianca
Nombre de la obra: Delirio
Autor: Laura Restrepo Casabianca
Ciudad: Barcelona
Año de publicación: 2004
Editorial: Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Fecha de edición: 2021, octubre
Número de páginas: 342
En esta obra, VII Premio Alfaguara de Novela 2004, Laura Restrepo Casabianca nos presenta un espejo de la sociedad colombiana y vivencias de personas y de familias basadas en el contexto social, económico, político y cultural del país. El punto y el contrapunto que la autora nos presenta se basan en la óptica sobre los hechos sociales de Colombia, que parten de crónicas anunciadas sobre el conflicto armado, el narcotráfico, la venganza, el lavado de dinero y, por otro lado, en la reflexión sobre la condición humana, el delirio, los sentimientos, las emociones, las familias desdibujadas por las apariencias y la doble moral.
Y, en esa interpretación, establezco una semejanza entre Agustina, personaje principal de la obra, y Colombia, porque a ambas podemos sentirlas enfermas, delirantes. Agustina, la que tiene la mente perturbada, la del disparate, marcada y acompañada por personajes como el Midas, el que quiere, como muchos, la riqueza fácil y que siempre está presente en la historia de Colombia, o de Agustina; y, por otro lado, de Aguilar, como el que pretende redimir al país o a Agustina para que no siga cayendo en el fondo, siempre dispuesto a quererla, a recuperarla, a rescatarla hasta de sí misma.
La novela relata, desde las voces de los personajes de Aguilar, el Midas, Agustina y el abuelo, una historia sobre el país representado en la familia de Agustina Londoño Portulinus durante las últimas dos décadas del siglo XX, marcadas por la violencia del narcotráfico, con pequeñas historias que van construyendo la vida de tres generaciones. La familia Londoño y el país como un rompecabezas en el que no todas las piezas encajan y en el que los códigos de las apariencias (o la fachada perfecta para mantener la imagen o el estatus social, aunque internamente todo sea una farsa) los obligan a funcionar basados en el catálogo Londoño de falsedades básicas.
La referencia a uno de las mayores criminales de toda la historia colombiana es recurrente, porque en el fondo la influencia de este delincuente determina el rumbo del país en muchos aspectos. Así la novela de Laura Restrepo propicia una conversación de la historia de la Colombia de finales del siglo XX con la Colombia de principios del siglo XXI, y en ese diálogo los asuntos tienen que ver con todos los seres humanos: la condición social de la población, la violencia, el amor, la avaricia, la falta de educación, la desigualdad y la brecha entre los pobres y los ricos, la fragilidad humana evidente en todos los personajes. La novela permite a los lectores jóvenes conocer lo cotidiano de esa triste época del país, y a los mayores, recordar lo difícil que fue ese pasado violento y cómo un espejo retrovisor posibilita la combinación de la historia y de la literatura para rescatar la memoria y comprender que lo que nos define como sociedad no son esos episodios de muerte.
La violencia, como un problema estructural de nuestro país, se manifiesta en esta obra desde los atentados de Pablo Escobar, el lenguaje machista de los personajes y la violencia intrafamiliar de Carlos Vicente Lodoño maltratando a su hijo menor porque es homosexual. La discriminación por ser diferente.
Además de esa violencia, el narcotráfico en Colombia, como telón de fondo, tiene particularidades que lo hacen único en el mundo, y cuando a esto le añadimos la falta de educación en la línea de desarrollo humano, en todos los estratos, es cuando la sociedad se corrompe. Así, los de la familia Londoño, de la clase pudiente del país, no pueden cometer faltas como la infracción capital que dice Aguilar que cometió Agustina, que fue “meterse conmigo, porque el punto número uno del reglamento interno que rige a sus gentes es no andar codeándose con los inferiores y mucho menos metiéndose entre la cama con ellos”. Página 33. Aguilar, a quien la familia de Agustina apodaba “el Manteco”, tiene un doctorado en literatura; sin embargo, para las convenciones sociales de los Londoño, eso no es importante. Y así lo hace notar el Midas cuando empezó a imitar las costumbres de sus amigos ricos para encajar en un rompecabezas falso y sin sentido.
Es significativo todo el camino torcido que recorrió el Midas para darse cuenta de que los alimentos que servían en la casa de los Londoño en una elegante vajilla eran los mismos que servía su mamá en una vajilla de plástico indestructible: chocolate con padebono y almojábanas. Y la reflexión de fondo del Midas sobre su familia y la de Agustina, en la página 206, “deduje que la diferencia infranqueable entre tu mundo y el mío estaba solo en la apariencia y en el brillo externo”, la familia Londoño tomaba el té y la familia del Midas tomaba las onces: las dos familias comían las mismas harinas amasadas.
Así, la novela nos hace un llamado de atención y nos cuestiona sobre la vida y esa sociedad líquida de la que nos habla Zygmunt Bauman: el deseo de los pobres por vivir la vida de los ricos, tal cual el Midas listo para cambiar de sintonía cuando se requiera, con una vida inmediata y fragmentada, lazos que se disuelven ante cualquier problema, las relaciones desechables, la elección de la comodidad de las relaciones rápidas.