Época de balances: personales

Por: Roberto Hernández Macías

Coordinador de procesos estratégicos, gestión estratégica y tecnológica

Se acerca el fin de año y ya se siente en el aire ese aroma inconfundible: natilla, buñuelo, reuniones familiares y el regreso a las tradiciones decembrinas. Para muchos, esta época despierta alegría; para otros, nostalgia; y para algunos, indiferencia. Más allá de las emociones que se generen, es también un momento ideal para hacer una pausa y mirar hacia atrás: ¿qué logramos en estos doce meses?; ¿qué quedó pendiente?; ¿estamos más cerca de las metas que nos propusimos al comienzo del año?

Este ejercicio de reflexión no es un simple repaso de aciertos o errores; es un acto de conciencia que nos permite reconocer nuestro crecimiento, aprender de los desafíos y reorientar nuestras acciones hacia lo que realmente importa. Independientemente del ámbito en que nos encontremos —personal, profesional o empresarial—, este balance se convierte en una brújula poderosa para navegar el próximo año con mayor claridad, propósito y estrategia.

Lo personal: cuidar de quien más importa… usted

Antes que nada, es fundamental recordar que la persona más importante es usted. No se trata de egoísmo, sino de responsabilidad consigo mismo. En este ámbito, vale la pena preguntarse:

  • ¿Estuve en paz conmigo mismo?
  • ¿Le dediqué tiempo a lo que realmente me importa?
  • ¿Cuidé de la mejor manera mi cuerpo y mi mente?
  • ¿Avancé, aunque sea un poco, en mis metas personales?

No se trata de juzgarse como en un examen, sino de conversar consigo mismo con honestidad y compasión. Celebre cada logro, por pequeño que parezca, y aprenda con amabilidad de lo que no salió como esperaba.

Lo profesional: más allá del título

El ámbito profesional no se limita a quienes tienen un título universitario: incluye a todos aquellos que, con pasión, responsabilidad y compromiso, hacen de su trabajo una forma de aportar valor. Este año pudo haber traído promociones, cambios, aprendizajes o incluso estancamiento; sea cual sea su experiencia, reflexione con estas preguntas:

  • ¿Aprendí algo nuevo que me hizo crecer en mi trabajo o profesión?
  • ¿Contribuí al crecimiento de mi equipo o de mis compañeros?
  • ¿Invertí tiempo y esfuerzo en prepararme mejor para enfrentar los retos?

Reconozca sus avances, por mínimos que parezcan, y analice con curiosidad —no con culpa— aquello que no logró. Cada experiencia es una semilla para el próximo ciclo. Ahora bien, es posible que esté terminando el año sin empleo, y eso puede traer consigo frustración, incertidumbre o incluso desánimo; es completamente válido sentirlo. Incluso en medio de esta situación, vale la pena mirar con compasión lo que sí se logró: ¿buscó nuevas oportunidades?; ¿actualizó su hoja de vida?; ¿aprendió algo nuevo?; ¿amplió su red de contactos?


Cada pequeño paso cuenta. Y si siente que se ha estado estancado, no se trata de culparse, sino de reconocerlo como una señal para ajustar el rumbo; porque el cambio comienza cuando decidimos hacer algo distinto —por pequeño que sea— para acercarnos a la meta que queremos.

Lo empresarial: más allá de los números

Este ámbito no aplica solo a las empresas, sino también a emprendedores o a quienes ofrecen un servicio por cuenta propia. Aquí, el balance va más allá de lo financiero —aunque eso también importa—, y debe incluir aspectos cualitativos y estratégicos:

  • Resultados cuantitativos: ¿Cuánto vendimos? ¿Qué rentabilidad obtuvimos? ¿Se cumplieron los indicadores clave?
  • Resultados cualitativos: ¿Cómo fue el clima laboral? ¿Están satisfechos nuestros clientes? ¿Qué tanto aprendió el equipo?
  • Decisiones estratégicas: ¿Qué funcionó?; ¿qué no?; ¿por qué?
  • Lecciones aprendidas: ¿Analizamos los resultados? ¿Convertimos los fracasos en oportunidades?

Un balance empresarial efectivo no se centra en lo que faltó, sino en identificar patrones: qué estrategias generaron valor, qué errores no deben repetirse y qué fortalezas merecen ser potenciadas.

Cierra el año para abrir el próximo con intención

En medio del ajetreo decembrino —entre presupuestos, reuniones y la presión por “cerrar bien el año”—, puede parecer difícil detenerse a reflexionar; pero precisamente en esa pausa está la clave del crecimiento. Las personas y las organizaciones que dedican tiempo a mirar atrás con honestidad aprenden más, se adaptan mejor y avanzan con mayor propósito.

No se trata de tener un año perfecto, sino de terminarlo con conciencia. Porque solo desde ahí podremos diseñar un próximo ciclo, no solo con metas, sino con sentido.

Así que, antes de que suene la campanada de Año Nuevo, tómese un momento: respire, revise, agradezca. Y prepárese para escribir, con intención, el próximo capítulo.

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