Punto literario: ¿Y si no nos volvemos a ver?

Por: Carmen Cecilia Quintero Lozano
Subdirectora de Educación y Cultura

¿Y si no nos volvemos a ver?

“El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra probabilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula”.

Rosa Montero
Nombre de la obra: La ridícula idea de no volver a verte
Autora: Rosa María Montero Gayo
Ciudad: Barcelona
Año de publicación: 2013
Editorial: Seix Barral
Fecha de edición: junio de 2025
Número de páginas: 233

La ridícula idea de no volver a verte puede leerse como una semblanza de Marie Curie, o como una analogía sobre la experiencia compartida entre Marie Curie y Rosa Montero al perder a sus parejas. Sus testimonios, el diario de la científica y las reflexiones de la autora sobre los sentimientos, sobre el profundo dolor y la soledad que se siente cuando se pierde a la persona con la que se ha compartido la vida, los sueños, el amor: “Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud” (p. 23).

Pero también puede leerse como un ensayo sobre la condición humana y la condición de la mujer. La autora nos expone la vida de Marie Curie, que no fue nada fácil, “primero fue considerada una santa, luego una mártir y después una puta, y todo ello de una manera ardiente y clamorosa” (p. 99), y en realidad fue una científica inteligente y dedicada, un genio. Las luchas por estudiar, por investigar se sienten más pesadas por la época en que le tocó vivir, cuando el rol de la mujer se definía por los prejuicios machistas, sumando a esto el complejo ambiente político, la falta de dinero y las pocas posibilidades de seguir estudiando. Una historia de exclusión y de invisibilidad por ser mujer y, lo más ridículo, ser una científica.

Así mismo, la autora nos recrea los momentos vividos de Marie Curie con su esposo Pierre, y de ella misma con Pablo. Una reflexión sobre cómo vivimos nuestra existencia, porque con el paso de los años son esos recuerdos que llenan el alma y le dan sentido al tiempo transcurrido, como lo expresó Marie Curie en su diario: “Te habíamos hecho las natillas que te gustaban. Dormimos en nuestra habitación con Eve (que por aquel entonces tenía catorce meses). Me dijiste que preferías aquella cama a la de París. Dormíamos acurrucados el uno en el otro, como de costumbre, y te di un pequeño chal de Eve para que te taparas la cabeza” (p.69); y las palabras de Rosa Montero sobre su esposo, Pablo: “Le recuerdo leyendo atentamente cada día hasta la última noticia de los periódicos. Y llevando la contraria en una cena de amigos por el puro placer de discutir” (p. 195).

Pero la vida es finita, y de eso nos habla Rosa Montero, sobre cómo nos llega la muerte, como le llegó a Pierre Curie, a Pablo Lizcano, y sobre cómo afrontamos el duelo. La soledad de Marie Curie cuando perdió a su esposo Pierre Curie le produjo una sensación de desconexión extrema; se encerró “en el mutismo, en el silencio, en una aparente pétrea frialdad” (p. 24), y la autora nos cuenta que “después de la muerte de Pablo, yo también me descubrí durante semanas pensando: ‘A ver si deja ya de hacer el tonto y regresa de una vez’, como si su ausencia fuera una broma que me estuviera gastando para fastidiarme, como a veces hacía” (p. 25).

Se puede leer cómo Rosa Montero se mira en el espejo del sufrimiento de Marie Curie, se identifica, explora los sentimientos que le facilitan ordenar su propio caos interno y nos propone la escritura como una herramienta poderosa para gestionar las emociones, como una terapia narrativa. Ese es el ejemplo de estas dos admirables mujeres que, en medio de su dolor y de esa montaña rusa de emociones, nos dejan la puerta abierta para que podamos seguir hablando, leyendo y escribiendo de lo que no se conversa: del miedo, de la soledad, de la vejez y de la muerte, porque la vida sigue. La ridícula idea de no volver a verte nos recuerda que todos tenemos pérdidas, pero que no estamos solos en nuestros duelos y, como decía Gabriel García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba,“La vida es la cosa mejor que se ha inventado”, porque, aun con sus aspectos negativos, es maravilloso estar vivo.

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