Las necesidades educativas especiales no definen la inteligencia ni el futuro de un niño; solo definen su manera de procesar la información
Por: Elisa María Castañeda Collazos
Terapeuta ocupacional, IPS Comfenalco Santander
El proceso de aprendizaje en la infancia no es igual para todos los niños; mientras algunos avanzan con facilidad, otros enfrentan desafíos para lograr aprender. El impacto de no actuar a tiempo no se limita al bajo rendimiento escolar; afecta también la autoestima, la motivación y las relaciones sociales del niño, y lo lleva a sentirse distinto y frustrado; puede causar ansiedad, aislamiento y una pérdida progresiva de la confianza en sí mismo.
¿Qué son las dificultades de aprendizaje?
Son alteraciones en la manera como el cerebro procesa y organiza o utiliza la información, y afecta habilidades, como la lectura, la escritura, las matemáticas, la atención, la memoria o la organización.
Es importante resaltar que las dificultades de aprendizaje no están relacionadas con la inteligencia del niño. Muchos niños con estas dificultades son curiosos, creativos, capaces, pero necesitan estrategias diferentes para aprender. Entre los tipos más frecuentes encontramos:
- La dislexia: afecta a la capacidad de leer con fluidez y comprender lo que se lee.
- La discalculia: se refiere a los problemas con los números, el cálculo mental y la comprensión de conceptos matemáticos básicos.
- La disgrafía: es la dificultad para escribir con claridad, orden y coherencia.
Señales tempranas que no deben ignorarse:
Durante la etapa preescolar y los primeros grados de primaria.
- Retraso en el lenguaje, si un niño de tres a seis años de edad presenta dificultades para pronunciar correctamente, para construir frases sencillas o para comprender instrucciones básicas que otros niños de su misma edad manejan con soltura.
- En la motricidad gruesa, se puede evidenciar torpeza al correr, dificultad para mantener el equilibrio o problemas para seguir el ritmo en juegos que implican coordinación de movimientos.
- Dificultades en la motricidad fina, al realizar actividades como abotonarse la ropa, sujetar el lápiz correctamente o recortar con tijeras.
- Problemas para adaptarse a horarios: le cuesta comprender y anticipar lo que viene, o muestra una resistencia continua a actividades cotidianas, como vestirse, recoger o mantener la atención en una tarea durante unos minutos.
- Dificultades para reconocer sonidos, números, letras.
- Escritura desorganizada, ilegible o con muchos errores ortográficos, incluso al copiar del tablero.
- Facilidad para distraerse, lo que dificulta terminar por sí solo una tarea sencilla.
- Olvidos frecuentes de temas ya vistos; no entrega tareas previamente realizadas en casa, es desorganizado y extravía útiles escolares.
Uno de los errores más comunes cuando aparecen estas señales es pensar que el niño no se esfuerza lo suficiente; sin embargo, cuando se mantienen en el tiempo, conviene observarlas con atención y no minimizar su importancia. Indican que el niño podría necesitar una evaluación más profunda desde el área de terapia ocupacional o terapia del lenguaje.
¿Qué pueden hacer los padres?
Cuando un niño presenta dificultades de aprendizaje o una de las señales mencionadas, el papel de los padres es clave para acompañar y apoyar. Las siguientes acciones marcan una gran diferencia en su desarrollo:
- Reconoce y celebra sus esfuerzos y establece las expectativas adecuadas con respecto a las habilidades de su hijo.
- Adapta la forma de estudiar en casa. No todos los niños aprenden igual; algunos necesitan más tiempo, pausas frecuentes, material visual, aprender con movimiento o que se les explique de otra manera.
- Prioriza los procesos de aprendizaje, no solo las calificaciones escolares.
- Crean rutinas claras y hábitos adecuados, horarios, espacios sin distracciones, pasos claros para hacer tareas, tiempo para jugar y para descansar.
- Trabaja en equipo con el colegio y los profesionales.
La detección temprana es crucial. Cuanto antes se reconozcan las señales y se entienda su origen, más fácil será diseñar una intervención adaptada, respetuosa con el ritmo de cada niño, centrada en potenciar sus fortalezas y en ayudarlo a descubrir que sí puede aprender sin caer en etiquetas negativas innecesarias. Un niño que recibe apoyo a tiempo desarrolla confianza, mejores habilidades, y encuentra una relación más positiva con el aprendizaje, lo que impacta de manera significativa en su futuro.